Desvío la mirada y observo el cielo, los árboles y el avión al fondo. Ojalá se pudieran sintetizar sentimientos. Ojalá nunca se puedan. Las bombas están explotando y no es fácil encontrar un territorio desde donde asistir a lo que se desvela cerca de aquí. Para entender este fenómeno, habrá que investigar el desamor.

Algunos puntos de partida: la tristeza ante la violencia y la ignorancia inherente a dicha violencia.

La incomprensión ante tanta escasez en medio de tanta abundancia.

El inconformismo que impide coger un asiento en una de las polaridades ofrecidas por el inconsciente colectivo.

Por un instante quiere cruzar mis pensamientos el recuerdo de todos los pueblos olvidados. Alejo esta visión por respecto a estos mismos pueblos.

Vengo a compartir mi estupefacción. Sin estupefacientes. No hace falta. La vida en la sociedad de la información es un mal viaje de ácido, llevado por la orquesta de los medios, comandados por los poderes más inhumanos de nuestro tiempo.

Ahora mismo no encuentro más solución que desviar mi atención a las pequeñas inmensas alegrías del día a día. Me aferro a ellas como alguien que, al perder la visión, se aferra a los últimos dibujos que la luz le va dejando en las sinapsis.

Un terror mandibular ecoa entre las paredes opacas de mis pensamientos. Un vacío de perspectivas. Un silencio de los malos, de los que gritan. Todo son huesos que se chocan con gravillas. Todo son fríos que queman con rabia.

Dudo si debo describir este momento. Y como quién escribe una carta abierta a si mismo, asiento y dejo que se haga público esta anti-oración, que busca, en evidenciando lo sombrío, ser la puerta al agradecimiento.

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